Román

Román llamó a la puerta con cierta incomodidad. En sus años como Fiscal Investigador nunca le había tocado una tarea como esta. El sentido del deber le gritaba algo que no le gustaba.  Tal vez debió dedicarse a las ventas o cualquier otra cosa, pero era demasiado tarde. Esos pensamientos tenía en mente cuando la puerta se abrió:

—Buenos días señora. ¿Podemos hablar a solas?

—Buenos días. Claro, pase usted. ¿Ya averiguaron quién mató a mi marido?

Sin contestar la siguió hasta el despacho de la casa. No había decidido cómo plantear el asunto que lo había llevado hasta ahí.

—Por favor, tome asiento. ¿Le puedo ofrecer un café? —La mujer lo miraba fijo a los ojos.

—Se lo agradezco mucho. Sí me apetece tomarlo. —Evitó su mirada y se concentró en el escritorio que estaba detrás de ella.

La observó desaparecer por la puerta y unos minutos después, nunca los suficientes, regresar con dos tazas de café. Tomó una y esperó que ella tome asiento frente a él.

Sus miradas se cruzaron, el silencio fue insoportable.

—¿Está su hijo en casa? —preguntó con interés.

—No. Está con mi hermana. Va a pasar unos días ahí. Han sido unos días terribles. Espero que la distancia lo ayude a sobreponerse al dolor y la impresión.

—Bien. Para responder a su pregunta debo decirle que hay dos hipótesis y cualquiera de las dos es la más probable. Solo debemos decidir cuál queremos comprobar.

»La primera es la siguiente:

»El día de los hechos su marido no fue a trabajar. Se quedó solo en casa. A media mañana se puso a limpiar su pistola, pero olvidó cortar cartucho para expulsar la bala de la recámara. En un descuido el arma se le cayó al piso y se disparó, con tan mala suerte que le dio directo en el corazón. La muerte fue instantánea.

»La segunda:

»Durante años, sin que usted lo sepa, su marido ha estado abusando de su único hijo. El niño ha callado y soportado las bajezas a las que lo sometía su padre. Ese día su esposo no fue a trabajar, confiado en que estaba solo en casa tomó su pistola y se puso a limpiarla. Era un poco descuidado y dejó una bala en la recámara.

»Su hijo salió temprano de la escuela porque uno de sus maestros no asistió. Se dirigió a casa creyendo que no encontraría a nadie en ella.

»Al llegar entró tranquilamente y se dirigió al despacho. Tenía la intención de ponerse a jugar en la computadora. Su sorpresa fue mayúscula al encontrarse ahí a su padre, quien vio la oportunidad de disfrutar una vez más los placeres de su joven primogénito.

»El niño ya estaba harto de las bajezas de su papá. Vio la pistola en el escritorio y aprovechó la oportunidad. La tomó y disparó al bulto. La suerte quiso que le diera a su progenitor justo en el corazón.

»Al ver el cuerpo caer, con increíble sangre fría, limpió sus huellas del arma, como lo había visto tantas veces en la televisión. Dejó el arma en el piso, junto a su padre, y salió por la puerta trasera, llevando consigo la mochila escolar.

»Quiso el destino que ese día todos los vecinos estuvieran trabajando o en la escuela, así que nadie oyó o vio nada. El chico estuvo en el parque con sus compañeros hasta la hora de regreso a casa y llegó como si nada hubiera pasado.

»En ese lapso usted ya había descubierto el cadáver, así que todos lo vimos llegar y sorprenderse.

»Señora, sé que es una hipótesis terrible y las consecuencias son peores. Mañana vendré a platicar con su hijo. Espero que esté aquí. Gracias por el café. Hasta mañana.

Se puso de pie. No esperó respuesta alguna, se dirigió a la puerta de salida y se retiró.

Al día siguiente, a la misma hora, llamó varias veces a la puerta de la casa, pero nadie respondió. Esperó un tiempo prudente sin que alguien fuera a abrir. Al darse vuelta para retirarse vio una vecina que cruzaba la calle para abordarlo.

—No están.

—¿Cómo dice?

—Usted es el policía que está investigando lo del señor. ¿Es verdad?

—Es correcto señora.

—No están en casa. Hoy, muy temprano en la mañana, los vi abordar un taxi. Llevaban maletas, como si se fueran de viaje.

—¿No le dijeron a dónde iban?

—No. Parecía que tenían prisa. Ni siquiera se despidieron.

—Muchas gracias señora.

Se dio la vuelta y se dirigió a su auto. Mientras se acomodaba al volante ya pensaba en una buena taza de café y retomar la lectura de “El Lobo Estepario”, de Hermann Hesse.

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