Canelo

Miguel estaba sentado en el piso de la cancha de básquetbol desde hacía media hora, bajo la poca sombra que proyectaba la canasta, esperaba como siempre a alguno de los muchachos para pasar el tiempo.

Era uno de esos muchachos a los que les gusta aparentar que son más duros de lo que en realidad son, tímidos con las chicas, pero ávido de aventuras. No destacaba por su fortaleza física, y se notaba que le gustaba comer, por la circunferencia de su cintura. Cuando algo llamaba su atención sus negros ojos miraban con curiosidad, escondidos bajo unas tupidas cejas, apuntando con la línea recta de la nariz, mientras apretaba los labios con fuerza, que casi se podía escuchar su cerebro funcionar.

En verano las escuelas están de vacaciones, por lo tanto, quienes no se van con sus familias a la playa cercana, como acostumbran en la ciudad, se reúnen en la cancha, a pasar el tiempo, jugando retas, platicando, o sólo acompañándose hasta el crepúsculo, cuando ya es hora de ir a casa a bañarse para regresar al parque, la cancha o junto al atrio de la iglesia, frente a la fuente que había dejado volar el ave que un tiempo lució orgullosa en su centro, bañándose en el surtidor que funcionaba del amanecer a la media noche.

Eran las tres de la tarde, un día de agosto, las calles vacías, sin una brizna de viento que amainara un poco el extremo calor de la península, esa planicie del sureste que se adentra en el mar, como coqueteando con Cuba y Florida, sin decidirse por una de las dos, tendiendo la mano a la isla caribeña, pero con la mirada fija en su vecina del norte.

Mientras la gente se refugiaba en sus casas, a dormir la siesta, esperando que la brisa vespertina refrescara la ciudad, llegó otro joven, de la misma edad, si acaso un año mayor, no más, cabello lacio, ojos de halcón, mirada filosa, que cubría sus huesos largos con unos jeans muy lavados y una camisa de manga larga doblada a medio brazo, acompañado de un caballo castaño oscuro que no tenía silla, ni brida, ni arreo alguno, sólo una cuerda con la que le improvisó un bozal, del cual lo sostenía y guiaba.

—¿Y eso, de dónde chinga’os lo sacaste? ¾soltó a bocajarro mientras fijaba la mirada en el noble bruto, que lo observaba con curiosidad.

—Es de mi hermano Nando, era de un ranchero que le debía dinero y se lo dio a cambio, porque está vendiendo el suyo. Como era tómalo o no te pago, pues lo tomó y lo llevó a mi casa, porque no tiene dónde dejarlo, lo tenemos en el patio.

—¿Y por qué lo trajiste? ¿Sabe jugar básquetbol? —preguntó el primero, mientras lanzaba el balón hacia la vieja canasta, mirando cómo su tiro rebotaba en el arillo y caía dentro.

—No seas mamón, necesita hacer ejercicio, lo traje para que haga un poco de ejercicio, —respondió mientras acariciaba el cuello del animal.

—¿Lo puedo montar? —preguntó el otro mientras se acercaba al costado del equino.

Entre los dos arrimaron el caballo a las gradas de la cancha, y Miguel se montó como pudo sobre el lomo del corcel, tomó de las manos de Raúl la rienda, y tiró de ellas hacia la derecha.

Por primera vez en su vida estaba cabalgando, poniendo en juego todo lo que había leído, visto y escuchado sobre los caballos, aparentando ser un experto jinete, sin siquiera pensar en comentar que nunca antes había estado sobre un jamelgo, aunque sí ya había estado muy cerca de varios, lo suficiente para perderles el miedo.

La primera vuelta a la cancha, a trote corto, fue sin mayores incidentes, Miguel brincaba sobre el animal golpeando su trasero contra el lomo a contra ritmo, mientras Raúl le gritaba que siguiera el ritmo del paso del corcel, pero se estaban divirtiendo los tres, los muchachos y el cuadrúpedo, que estaba haciendo ejercicio y nuevos amigos.

Todo marchaba bien, hasta la mitad de la segunda vuelta, cuando el primo de Rocinante decidió que ese circuito era muy aburrido y con un movimiento brusco de cabeza se soltó de las manos de Raúl, deshaciendo el nudo que formaba la rienda para que la cuerda cayera al piso, y galopó hacia la calle tomando rumbo al sur a galope, mientras Miguel se aferraba con toda su fuerza a la crin de su cabalgadura y Raúl salía corriendo en pos del jinete y corcel por una calle sin adoquinar, a 100 metros de un cruce en el que pasaban autos con más frecuencia que en las calles que enmarcaban la cancha.

Podía sentir la tensión en los músculos del equino, su respiración alegre, el viento en su cara, la adrenalina en su sangre. La excitación le ganaba, estaba galopando, no podía controlar su cabalgadura, hacía esfuerzos para mantenerse en el lomo del animal apretando las rodillas a los costados de su Bucéfalo, sin prestarle atención al adolescente que corría como alma que lleva el diablo detrás del par en fuga.

El equino avanzaba a galope sostenido, aunque a los chicos les parecía galope tendido, y al llegar al crucero peligroso se conjuntaron un par de factores que ayudaron a evitar un desenlace dramático: primero el hecho de que no circulaba por ahí ningún vehículo, y segundo el que al llegar al pavimento los cascos del animal resbalaron con el polvo suelto de la unión de ambas calles, lo que hizo que trastabillara y perdiera el paso, tardando unos segundos en recuperarlo; por otro lado, como la cuerda se arrastraba, al galopar la pisaba con los cascos delanteros, lo que empezó a frenarlo poco a poco.

Estas circunstancias permitieron que Raúl los alcanzara 100 metros después, afianzando la cuerda y jalando con todas sus fuerzas hasta detener al cuadrúpedo un poco más adelante, muy cerca de un cruce transitado.

Ya con la cabalgadura detenida Miguel se dejó caer al piso, todavía sin comprender del todo lo que había pasado exactamente pero con la excitación del momento en la mirada, reclamando a su amigo:

¾¿Qué pasó?, ¿qué lo asustó? ¾soltaba acariciando el cuello del animal, que parecía reír mientras los miraba.

¾Mira, lo que pasa es que el dueño anterior sólo lo montaba borracho, así que se acostumbró a hacer lo que le da la gana mientras su jinete sólo está arriba dejando que lo paseen. Se me soltó y salió como acostumbra, a galopar hasta que se canse. El problema es que no tiene arreos así que no se le puede controlar con la rienda.

¾Pues puto susto que me puso, todavía no regresan mis huevos a su lugar. Creo que no voy a jugar hoy, ¡el balón!, ¡se quedó el balón en la cancha!

¾Ve a buscarlo mientras llevo a Canelo a la casa, te veo al rato en el parque.

¾Voy a buscar el balón y me voy a casa a acostarme un rato, mejor te veo en la noche.

¾¡Órale!

Así, mientras uno caminaba hacia su casa llevando detrás al caballo, el otro se dirigía a buscar su balón y después a su casa.

Esa noche, como acostumbraban, se reunió el grupo de muchachos en las gradas de la cancha y el tema fue el caballo y lo que pasó, riéndose de los involucrados, dándoles consejos (todos resultaron expertos en equitación, medicina veterinaria, cuidado de caballos y ranchos), mientras pasaban el rato hasta la media noche, como siempre, porque al día siguiente había clase o trabajo, según le tocaba a cada quién.

Al siguiente día, a la misma hora de la tarde, nuevamente se encontraron en la cancha, pero esta vez Canelo ya tenía una vieja silla de montar y sus arreos, baratos, viejos, pero que a los chicos les parecían de concurso.

¾Mira Miguel, los consiguió mi hermano con el tipo que le dio el caballo, ahora podemos controlarlo mejor.

¾¿Pero no crees que aquí está más cabrón? Mejor lo llevamos a los planteles y ahí lo montamos un rato.

¾Me parece bien, es más seguro, platicaban como dos expertos, aunque ninguno reconocía que era la primera vez que vivían una experiencia así.

El cálido sol vespertino los miró encaminarse a los planteles de henequén, a trote, para divertirse con el nuevo amigo.

Al acariciar el sol la tez del horizonte podemos ver cómo, deslizándose sobre el pavimento, la larga sombra del corcel con sus dos jinetes abría paso a los tres amigos, que regresaban de los abandonados henequenales, donde habían corrido, trotado, galopado, pero, sobre todo, aprendido sobre la amistad entre un cuadrúpedo y dos jóvenes humanos.

Así cada atardecer, durante los siguientes dos meses, los vecinos veían a los tres salir a divertirse, convirtiéndose los muchachos, poco a poco, en buenos jinetes, y Canelo adquiriendo, más por voluntad propia que por experticia de los vaqueros, un bien educado corcel.

Pero llegó el día que no apareció Canelo, sólo llegó Raúl, en la cancha, como siempre, lo esperaba Miguel, ya no llevaba Balón, no era necesario, el caballo nunca aprendió a jugar básquetbol.

¾¿Qué pasó?, ¿dónde está? ¾Preguntó con inquietud.

¾Hoy se lo llevaron, mi hermano consiguió que se lo compre un amigo que tiene un buen rancho, ahí estará mejor.

¾No chingues, ¿en serio? ¿Qué vamos a hacer ahora?

¾¿Por qué lo dices?

¾porque no encontré el balón.

Se sentaron los dos a mirar el parque, como sabían hacer muy bien, a ver el tiempo pasar, compartiendo en ocasiones el silencio, platicando de todo y de nada, hasta que media hora después la suerte se apiadó de ellos; un tercer chico se les aproximó con un balón de básquet en las manos, era de otro rumbo, una esquina cercana, donde se juntaba otra banda, los dos se pusieron de pie de un salto, para armar retas; sin embargo, Miguel se quedó de pie, sin decir nada, mirando fijamente el balón.

¾¿Ya viste? Trae mi balón.

¾¿Estás seguro?, por eso no lo encontraste aquel día.

¾Muy seguro, está marcado.

¾¿Qué onda, una reta? ¾Les gritó el que se acercaba, ya había empezado a botar el balón contra la cancha, disponiéndose a lanzarlo contra el tablero que se ubicaba sobre los dos amigos.

¾¿De dónde sacaste éste balón? ¾ Le espetó Miguel, mientras recibía el esférico del rebote, está bueno, casi nuevo.

¾Lo encontré aquí, el otro día que vine, algún niño lo dejó, y, pues, ya sabes cómo es esto, ahora es mío.

¾Ni madre, no fue un niño, el balón es mío, tuvimos que salir corriendo y se quedó, regresé 5 minutos después y ya no estaba, y no, no sé cómo es esto, el balón es mío y punto.

¾Pues si lo quieres ya valiste madre ¾Contestó el ladronzuelo, aventándose contra su interlocutor, con el pie levantado, buscando poner el primer golpe, sin considerar que eran dos los que tendría que enfrentar.

Miguel no era ajeno a esos momentos, vivía en un barrio bravo, estaba acostumbrado a romperse la madre con cualquiera, cada que se necesite, no sabía cuántas veces había ganado o perdido, lo importante era que sus putazos también dolían, que sabía defenderse, que después de un tirito con él no volvían por otro, pues entraba sin miedo, sin respeto, a fondo, pateando y lanzando golpes como el que más, aguantando cualquier embate con fiereza.

Así, los dos adolescentes, sin pensarlo mucho se trenzaron en una confrontación, un intercambio de patadas y puñetazos, sin pedir ni dar cuartel.

Raúl, acostumbrado a estas situaciones, cotidianas por cierto en el barrio, se mantuvo al margen, como le correspondía, cuidando las espaldas de su amigo, esperando que aparezca alguien más para medir con tiempo si es amigo o enemigo, si va a ayudar al intruso ratero o a su compañero de aventuras y sueños.

No duró mucho la pelea, después de 10 minutos el intruso, levantando las manos, entregó la plaza y se retiró, dejando un par de muchachos con la adrenalina al cien, satisfechos, orgullosos de haber recuperado su balón. Miguel tenía algunos golpes en la cara, el torso y había recibido una patada en el costado, pero fueron más, y más contundentes, los golpes que logró encajarle a su rival, por lo que era el indiscutible campeón de la justa.

Poco a poco fueron llegando más chicos, hasta juntarse unos 12 o 15, y mientras nuestros amigos comentaban lo sucedido, añadiendo de vez en cuando un poco más de acción de la que realmente había sido, para darse importancia entre la banda, un jovencito de unos 15 años, que en ese momento se incorporaba al grupo intervino comentando que a dos esquinas de su casa se estaban juntando la banda del derrotado, planeando su venganza, y que la pensaban llevar a cabo el sábado por la noche, durante al juego del cuadrangular de básquetbol, pues sabían que ahí se juntarían todos los jóvenes del barrio.

Inmediatamente corrió la voz entre los cuates, van a haber madrazos durante el juego, hay que ir preparados, nadie vaya a faltar. En una y otra banda se comentaba discretamente cómo lo harían, a mí déjenme al Pelucas, yo le doy al Rigo, el Melenas es mío, ese “jueputa” del Negro va a ver cómo le parto su madre, chingue su madre quien falte, eran algunos de los comentarios que se vertían con la discreción de que pueden ser capaces los adolescentes.

Y como no hay plazo que no se cumpla, el sábado por la noche, a las 8, el juego estaba por iniciar, las gradas a reventar de muchachos, como hacía mucho que no se llenaban, y algo extraño en el ambiente; las chicas, novias, amigas, hermanas de los chicos, reunidas en un extremo de la cancha, esperando el desenlace para felicitar, consolar o apapachar a su chico, pariente o amistad, o simplemente apoyando a su banda, pues todos en el barrio son familia.

Suena el pitazo inicial, el balón surca los aires, empiezan los zapatos a deslizarse velozmente por la cancha, las manos se mueven ágilmente, chocan, se entrelazan, se arrebatan el balón o lo lanzan a un compañero, los equipos van de un lado al otro de la cancha, buscando su oportunidad, mientras el árbitro, un chico del barrio, atento a las acciones hace sonar su silbato marcando una falta del equipo visitante.

¾¡Pita bien Naco, o te rompo la madre! ¾Le grita un joven desde la cancha.

¾¡Me lo dices después Gallo! ¾Contesta el aludido.

¾¡Te lo digo ahora! ¾Le grita el primero, mientras a brincos pasa sobre la gente, lanzándose sobre el árbitro, golpes y patadas primero.

La acción ha comenzado, en menos de lo que nota un espectador ajeno, la cancha se vuelve un campo de batalla, donde no hay un solo joven que no esté enzarzado en una violenta pelea, por sus amigos, por el honor de la banda, y por la diversión.

Las chicas, replegadas a la banqueta de la escuela, observan y animan a su gente, gritan, ofenden a los visitantes, se entusiasman o se enojan, según la escena va desarrollándose.

Los locales van ganando, poco a poco van replegando a los visitantes, pero algo imprevisto cambia la correlación de fuerzas, una camioneta negra, llena de jóvenes, frena frente al escenario del pleito, desnivelando, cambiando el destino de los guerreros, pues se incorporan los refuerzos, a apoyar a los visitantes, y sin piedad alguna inclinan la victoria del lado de éstos últimos.

Lunes por la noche, la cancha, poco a poco, se va llenando de jóvenes, lamiéndose las heridas discuten, ya habían madreado a los rivales, ya habían ganado, qué pasó, quiénes fueron los intrusos, esto no puede quedarse así, hay que partirles la madre a todos, hay que enseñarles quién manda en “Sansebas”, hay que joder a esos pelanáes.

Dani, tú avisa a la Ermita, El gallo, Yorch tú ve con los del rastro, los de la curva, ahora sí, vamos a madrear a medio mundo, eran algunos de los comentarios que circulaban, y uno de ellos ya había averiguado quiénes eran los intrusos que les pusieron en su madre, eran de la banda de La Cordelería, eran gente de lejos, que no tenían nada qué hacer ahí.

¾!Vamos Camarón, ve por tu camioneta!, vamos ahora, que no nos esperan, yo sé dónde se juntan, ¾espetó uno de ellos, y en quince minutos la camioneta estaba parada frente a la cancha, los chicos arriba, apretujados, entusiasmados, no hay nada que entusiasme más que un buen pleito.

10 minutos después, cerca de las 11 de la noche, la banda le caía por sorpresa a la descuidada pandilla de La Cordelería, que, superada en número, defendió su posición con valor, pero infructuosamente, recibiendo una madriza en su propio territorio, como habían hecho ellos el sábado anterior.

Consumada la primera parte de la venganza, empezaron los preparativos para la segunda parte, los que comenzaron todo, los que infringieron la afrenta inicial, ¿cuál era?, ya no era importante, lo prioritario era lavar el honor con la derrota de los rivales, y para eso se escogió el sábado, en el juego, mismo escenario, mismas personas, pero esta vez habría más invitados.

 Día del juego, Sansebas, La Ermita, El Gallo, presentes en las gradas, listos para lo que sea necesario, en el otro lado, de pie los rivales de turno, también con aliados, igual listos para lo que venga, todos ansiosos por el momento estelar. Las chicas en el mismo lugar de la semana anterior, listas para apoyar a sus chicos, también ansiosas, deseando la revancha.

Termina el juego, nada fuera de lo normal, todo era tensión, pero los jugadores y el cuerpo de arbitraje respetándose mutuamente; sin embargo, eso no fue razón para que la historia cambie, pues Raúl, designado previamente, interpela a uno de los visitantes, retándolo a golpes sin mayor protocolo. Esa fue la señal, nuevamente la cancha se convirtió en un campo de batalla, donde volaban los golpes, las patadas, a veces un diente.

Esta vez las cosas fueron diferentes, los de Sansebas obtuvieron su venganza, los de La Cordelería no llegaron, las chicas vieron ganar a sus chicos, y todo retornó a la calma.

Por su lado, Canelo se instaló en una caballeriza, con otros miembros de su especie, dispuesto a disfrutar todo ese espacio, cuidado por profesionales dedicados a la cría de caballos.

La gente que los veía pasar siguió mirando la calle, la puesta del sol, el anochecer, como si nunca hubiera cambiado el paisaje. Nada fuera de lo normal había sucedido esos días.

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