A Rebeca le gustaban los animales y las razones bien construidas.
En el despacho la llamaban Rebe quienes la conocían desde antes del título, antes de los juicios, antes del traje sastre y de esa manera suya de mirar un expediente como si fuera una confesión mal redactada. Era joven, trabajadora, precisa y tenía la clase de bondad que no hace ruido: la que se advierte en los horarios cumplidos, en las plantas regadas y en la forma en que una persona se inclina para hablarle a un animal.
Por eso, cuando decidió tener gallinas, no pensó en utilidad ni en capricho, sino en compañía.
Compró dos.
Se llamaban Cloclo y Kiki.
No eran gallinas cualesquiera, y conviene aclararlo desde el principio para no perder tiempo con equívocos de corral. Eran elegantes, cultas, de excelente porte, y con un sentido de la dignidad que habría incomodado a más de un notario. Aseguraban, además, haber sido amigas desde antes de salir del cascarón, y lo aseguraban con una convicción tan perfecta que toda duda resultaba, además de inútil, francamente vulgar.
—Nos conocimos en la penumbra —decía Cloclo, mirando el alba con aire pensativo—. Antes del mundo, ya nos tolerábamos.
—Y eso, querida mía, es una forma superior de amistad —añadía Kiki—. Después de nacer, cualquiera improvisa afectos.
Rebeca les preparó detrás de la casa un pequeño reino. No era grande, pero sí irreprochable: pasto parejo, macetas florecidas, una cerca limpia, sombra suficiente, agua fresca y un gallinero tan ordenado que daba la impresión de haber sido decorado por una institutriz inglesa con inclinaciones botánicas. Por las mañanas, cuando el sol apenas comenzaba a rozar los techos del vecindario, el jardín parecía un pañuelo verde bordado con geranios, bugambilias y unas flores amarillas que insistían en la alegría antes incluso del café.
Cloclo y Kiki se adaptaron con la rapidez con que se adaptan los espíritus finos a la comodidad merecida.
—No extraño absolutamente nada —declaró Kiki al segundo día, examinando una maceta de barro cocido—. La nostalgia suele ser una grosería contra lo agradable.
—O un vicio de quienes no saben reconocer una mejora —repuso Cloclo.
No se mezclaban con nadie del vecindario. Saludaban, desde luego; la educación no debía confundirse con la familiaridad. Pero no buscaban intimidad entre los perros escandalosos, los gatos oportunistas ni los canarios de criterio dudoso que vivían en las casas contiguas. Se bastaban la una a la otra, como suelen bastarse las amistades antiguas que ya aprendieron a conversar sin desperdiciar palabras.
Cada amanecer ocupaban su sitio favorito, junto a una hoja inmensa cuya sombra caía sobre el césped con la solemnidad de una bóveda. Desde allí veían nacer el día.
—Hoy el cielo amaneció con pretensiones de acuarela —murmuraba Cloclo.
—Mejor eso que esos amaneceres perezosos que parecen escritos por un burócrata —respondía Kiki.
Poco después salía Rebeca, ya lista para el trabajo, con el alimento recién servido, el agua limpia y una prisa impecablemente peinada. Detrás de ella aparecía a veces Óscar, su marido, todavía terminándose el café, todavía acomodándose la corbata, todavía buscando unas llaves que casi siempre habían decidido esconderse de él.
—Buenos días, mis niñas —decía Rebeca.
—Ahí viene nuestra benefactora —observaba Cloclo.
—Y con desayuno digno —celebraba Kiki, asomándose al plato.
Agradecían los cuidados con huevos hermosos, grandes, tersos, uno diario por ave. En jornadas especialmente felices, alguna dejaba dos, no por exceso fisiológico, sino por entusiasmo espiritual, que es una forma de abundancia mucho menos estudiada por la ciencia.
Hasta ahí, cualquiera habría dicho que eran gallinas afortunadas.
Lo eran.
Pero además tenían un secreto.
Cuando Rebeca y Óscar salían a trabajar y la casa quedaba en silencio, Cloclo y Kiki cruzaban el jardín con paso pausado hasta el rincón más fresco del pasto. Allí, bajo la gran hoja, se sentaban una junto a la otra y leían.
Leían todos los días.
Leían con una devoción que ya no se encuentra ni en los templos, ni en los parlamentos, ni en ciertas parejas que se juran eternidad por mensaje de texto.
¿Cómo conseguían los libros? Ésa era la parte más delicada del prodigio.
Cuando terminaban uno, lo dejaban sobre una piedra lisa, junto al limonero. No pasaba mucho tiempo antes de que descendiera del cielo, con modales irreprochables, un águila de plumaje grave y mirada atenta. Nunca llegaba haciendo espectáculo de su envergadura. Se posaba con la calma de los seres que no necesitan anunciarse.
—Muy buenos días, distinguidas lectoras —saludaba.
—Don Anselmo —respondía Cloclo con una inclinación de cabeza.
—Confiamos en que hoy no nos traiga prosa floja —añadía Kiki.
El águila recogía el libro leído y, al cabo de un rato, regresaba con dos nuevos volúmenes. A veces novelas, a veces cuentos, a veces poemas; a veces libros tan bien escritos que, al cerrarlos, una sentía que el mundo había envejecido un poco mejor.
—La literatura mejora el carácter —decía Cloclo.
—Y evita conversaciones innecesarias —remataba Kiki.
Gracias a aquella rutina secreta se convirtieron en las criaturas más cultas del vecindario. No sólo entre las mascotas de la calle, sino probablemente entre varios de sus dueños, lo cual no debería sorprender a nadie: hay casas donde el perro piensa más que el amo, y jardines donde una gallina lee mejor que toda una familia.
La felicidad, sin embargo, tiene la mala costumbre de parecer eterna justo antes de interrumpirse.
Una mañana, Rebeca salió con la comida y notó algo extraño: no había huevos.
Se quedó quieta, mirando el nido con una atención propia del litigio.
—Qué raro —murmuró.
Cloclo y Kiki acudieron a saludarla, pero sin el brillo acostumbrado. Comieron poco. Hablaron menos. El jardín, que todos los días parecía recién estrenado, amanecía esa vez con una leve falta de entusiasmo, como si hasta las flores hubieran dormido mal.
Rebeca se inclinó para observarlas mejor.
—¿Qué pasa, mis niñas?
Las dos guardaron silencio.
No era un silencio altivo, ni filosófico, ni uno de esos silencios elegantes que a veces usan las personas finas para castigar una tontería. Era otro: un silencio cansado.
Rebeca les arregló el gallinero, les cambió el agua, acomodó las macetas y se fue al trabajo con una inquietud pequeña, pero persistente, instalada en el pecho.
Por la tarde volvió más temprano.
La comida seguía casi intacta.
Cloclo tenía la cresta caída. Kiki sostenía la mirada opaca de quien ha perdido interés hasta por sus propias ironías.
—Óscar —llamó Rebeca desde el patio.
Él salió de inmediato.
—¿Qué pasó?
—No están bien.
Óscar se acercó, las vio, frunció el ceño.
—Tal vez sólo están cansadas.
Kiki, que lo oyó, levantó apenas un párpado, ofendida incluso en la decadencia.
—La ignorancia masculina suele llamar cansancio a lo que no comprende —susurró.
—No seas severa —dijo Cloclo con voz apagada—. El pobre se esfuerza.
Aquella noche Rebeca durmió mal. Daba vueltas en la cama, se levantaba a mirar por la ventana, regresaba, suspiraba. Óscar la oyó varias veces.
—Mañana las llevamos al veterinario —dijo al fin.
—Sí —respondió ella—. Temprano.
A la mañana siguiente, Rebeca tomó a Cloclo entre sus brazos y Óscar cargó a Kiki con el respeto nervioso de quien sabe que sostiene una criatura delicada y, además, juzgadora. Las llevaron a una clínica donde olía a desinfectante, ansiedad y recibos impresos.
El primer veterinario las revisó, les palpó el abdomen, les miró el plumaje, hizo algunas preguntas que nadie podía responder con precisión y dictó sentencia con la rapidez de quienes cobran por consulta:
—Parásitos. Hay que desparasitar.
Recetó medicamentos, horarios, indicaciones y una cuenta que dejó a Óscar con la expresión moral de un hombre recién atropellado por la ciencia.
Ya en el coche, mientras Rebeca acomodaba con cariño a las enfermas, él murmuró:
—Los doctores te curan el cuerpo y le rompen el ánimo a la cartera.
—Óscar.
—Sólo digo que salgo de aquí con menos salud financiera que ellas.
Rebeca siguió la receta al pie de la letra. Midió gotas, vigiló horarios, leyó instrucciones con la fe obstinada de quien ama. Pero las gallinas no mejoraron.
Seguían tristes.
No era una dolencia espectacular. No se desplomaban, no gritaban, no se morían. Hacían algo peor: se iban apagando. Dejaron de comentar el amanecer. Miraban el jardín como si fuera un cuadro ajeno. El alimento ya no las seducía. Ni siquiera discutían, y eso, en dos amigas inteligentes, siempre es una alarma seria.
—Esto no puede seguir así —dijo Rebeca una semana después, con la voz tensa.
Como buena abogada, desconfió del primer diagnóstico y buscó una segunda opinión. Llevó a Cloclo y a Kiki con otro médico, un especialista recomendado por una clienta muy rica que criaba pavos reales y desconfiaba, con razón, de los diagnósticos apresurados.
El segundo veterinario era un hombre delgado, ceremonioso, con lentes finos y una manera casi musical de escuchar. Revisó a las gallinas sin prisa. Les observó los ojos, el modo de respirar, la postura del cuello, el desorden íntimo de la tristeza.
Luego se quitó los lentes y dijo:
—No necesitan más medicinas.
Rebeca parpadeó.
—¿Entonces qué tienen?
—Pena.
Óscar soltó una risa pequeña, de incredulidad agotada.
—Doctor, con todo respeto, son gallinas.
El especialista lo miró como se mira a alguien que ha desperdiciado una frase.
—Y, sin embargo, padecen. No toda enfermedad hace ruido. Algunas sólo le quitan al ser vivo las ganas de estar en el mundo.
Rebeca tragó saliva.
—¿Y cómo se cura?
—Atendiendo la causa.
—¿Cuál causa?
El doctor alzó ligeramente los hombros.
—Ésa no se ve en los análisis.
Regresaron a casa peor de lo que salieron. Ahora no sólo había dos gallinas enfermas: también Rebeca llevaba encima una tristeza prestada. Ver sufrir a un ser querido tiene la mala costumbre de contagiarse.
Óscar, que era un buen hombre aunque a veces llegara tarde a comprender las sutilezas, intentó sostenerlo todo al mismo tiempo. Trabajaba, cocinaba, atendía a Rebeca, atendía a las gallinas y evitaba que la casa se viniera abajo por pura melancolía. En medio de ese naufragio doméstico, un mediodía sirvió alimento para Cloclo y Kiki en un plato de porcelana, se sentó a la mesa y comió tres cucharadas sin advertir el error.
Se detuvo.
Miró el plato.
Miró la cubeta.
Suspiró.
—Creo que ya crucé una frontera moral.
Rebeca, apoyada en el marco de la puerta, lo miró con ternura cansada.
—Óscar…
—No me juzgues. El día me está masticando.
Los días siguieron torcidos hasta que, una mañana, Óscar salió rumbo al trabajo sin recordar que era domingo. En la acera se encontró con Federico, el vecino de enfrente, que regaba las plantas con la paz insolente de los hombres que sí saben qué día es.
—Buenos días, Óscar. ¿Todo bien?
Y como la desgracia suele desabrocharse ante la primera cortesía, Óscar le contó todo: lo de las gallinas, lo del veterinario, lo de la pena sin causa visible, lo de Rebeca triste, lo de la casa desquiciada. Después miró la casa y, por un instante, tuvo la expresión culpable de quien ama algo y no puede más.
Detalle menor, aunque decisivo: en el hombro de Federico estaba posado Baltasar, el loro más chismoso del vecindario.
Baltasar no dijo una palabra.
No hizo falta.
Una hora más tarde, la noticia había recorrido jardines, bardas y azoteas. Así fue como el rumor llegó, de pico en hocico y de hocico en pico, hasta un gavilán que rondaba por la zona alimentando a sus polluelos. El ave se llamaba Leopoldo y pertenecía a esa rara especie de criaturas que, aun nacidas para la caza, conservan una educación impecable.
Descendió al jardín de Rebeca al caer la tarde.
Se mantuvo a distancia prudente y carraspeó con delicadeza.
—¿Señoritas Cloclo y Kiki?
Las dos levantaron la cabeza.
—Depende de las intenciones del visitante —dijo Kiki con voz débil, aunque todavía afilada.
—Leopoldo, para servirlas. He oído hablar de su quebranto y he querido preguntar por su salud.
Cloclo intentó incorporarse con dignidad.
—Agradecemos su gesto, señor.
—Se dice que están enfermas de tristeza —continuó el gavilán.
—Se dice correctamente —respondió Kiki.
—Y que nadie conoce la causa.
Hubo un silencio breve.
Luego Cloclo habló, muy bajo:
—Nuestro proveedor ha desaparecido.
Leopoldo inclinó la cabeza.
—¿Proveedor de qué?
Kiki lo miró con una mezcla de cansancio y melancolía.
—De libros.
El gavilán guardó una pausa cortés.
—Comprendo.
—No, todavía no —murmuró Kiki—. Pero va en camino.
Cloclo señaló con un leve movimiento la piedra junto al limonero.
—Don Anselmo pasaba cada mañana. Recogía los libros terminados. Traía otros nuevos. Hace días que no viene. No sabemos qué le ocurrió. Terminamos nuestras lecturas y desde entonces el jardín se nos volvió un sitio sin respiración.
—Sin libros, el mundo se queda sin segunda voz —añadió Kiki—. Todo se vuelve demasiado literal.
Leopoldo las observó con una seriedad inesperada.
—Averiguaré qué ha pasado.
—Sería una bondad excesiva —dijo Cloclo.
—Las bondades más necesarias suelen parecer excesivas —contestó él, y levantó vuelo.
La tarde se fue apagando. Rebeca salió un momento al patio, vio a sus gallinas silenciosas y sintió otra vez ese apretón oscuro en el pecho. Óscar se acercó detrás de ella y le puso una mano en el hombro.
—Van a mejorar —dijo, aunque no sabía por qué lo decía ni a quién intentaba convencer.
Pasaron algunas horas.
Ya el jardín se había vuelto azul cuando una sombra grande cayó sobre el césped.
Era Leopoldo.
Traía dos libros.
Cloclo se puso en pie de un salto tan elegante que parecía imposible en una enferma. Kiki abrió los ojos con una luz que hacía días no aparecía.
El gavilán dejó los volúmenes sobre la piedra lisa.
—Traigo noticias de don Anselmo.
—¿Está herido? —preguntó Cloclo.
—¿Lo mataron? —preguntó Kiki, siempre más directa cuando el dolor la vencía.
—Nada de eso —respondió Leopoldo—. Ha sido padre.
Las dos guardaron silencio.
—Hace pocos días nació su polluelo. La señora águila y la cría están bien, pero él no puede alejarse del nido. Tiene que cuidar de ambos. Me pidió que, si llegaba a saber de su inquietud, viniera a tranquilizarlas. Dice que, en cuanto el aguilucho pueda volar sin escándalo, vendrá a presentárselos.
Cloclo cerró los ojos con alivio.
—Gracias al cielo.
Kiki dejó escapar una respiración temblorosa.
—De modo que no nos había olvidado.
—No —dijo Leopoldo—. A veces la vida no rompe las lealtades. Sólo les cambia el ritmo.
Luego empujó los libros hacia ellas con el pico.
—Mientras tanto, si ustedes lo aceptan, seré yo quien les traiga lecturas. No tengo la envergadura de don Anselmo, pero sí el criterio suficiente para distinguir una buena historia de un texto inflado.
Cloclo inclinó la cabeza.
—Señor Leopoldo, nos devuelve usted el mundo.
—Y el apetito —añadió Kiki, ya con un destello de sí misma—. Que no es poca cosa.
Entonces ocurrió el prodigio.
No uno de esos prodigios aparatosos que dejan a la gente con la boca abierta. Éste fue más fino: un regreso.
Volvió el brillo a los ojos de Cloclo. Volvió la ironía a la voz de Kiki. Volvió al jardín esa respiración invisible que había perdido. Las flores parecieron acomodarse mejor en sus tallos. Y las dos gallinas, conmovidas por la noticia, por los libros y por la continuidad de la amistad, cantaron.
No cacarearon.
Cantaron una opereta breve, delicada, perfectamente improcedente para un corral corriente y, por lo mismo, enteramente adecuada para ellas.
Rebeca oyó aquel canto desde la cocina y salió al patio casi corriendo.
—Óscar, ven.
Él apareció con un trapo en la mano.
—¿Ahora qué pasa?
Las vio.
Se quedó inmóvil.
Cloclo estaba erguida como una institutriz victoriana. Kiki picoteaba el lomo de un libro con entusiasmo recuperado. Junto a ellas, Leopoldo permanecía con esa discreción de los que han hecho un gran bien y no necesitan aplauso.
Rebeca se llevó una mano a la boca.
—Están contentas.
Óscar miró a las gallinas, miró los libros, miró al gavilán, y decidió con sabiduría que algunas explicaciones arruinan más de lo que aclaran.
—Perfecto —dijo—. Yo también estoy dispuesto a mejorar sin hacer preguntas.
Rebeca se rió por primera vez en muchos días. Una risa clara, limpia, de ésas que desatan los nudos interiores sin pedir permiso. Se acercó a sus amigas y las encontró otra vez vivas, presentes, luminosas.
—Mis niñas preciosas…
Cloclo la miró con afecto.
—Es una mujer admirable.
—Y sería mejor aún si leyera un poco más entre semana —susurró Kiki.
A la mañana siguiente aparecieron dos huevos hermosos en el nido.
Al día siguiente, tres.
Óscar los contempló con una emoción casi religiosa.
—Nunca pensé que iba a agradecer tanto un desayuno no metafórico.
Desde entonces, Leopoldo asumió con puntualidad el oficio literario mientras don Anselmo atendía su casa en las alturas. Semanas después, el águila regresó en persona, acompañado por un aguilucho torpe, solemne y encantador, que fue presentado a Cloclo y Kiki como corresponde entre familias decentes. Baltasar, el loro del vecino, aseguró durante días haber sido pieza central del rescate, aunque todos sabían que su única especialidad seguía siendo el escándalo.
Rebeca recuperó la alegría al ver felices a sus dos amigas. Óscar volvió a dormir noches enteras, cosa que, después de ciertos sobresaltos, equivale a una bendición. Y en el jardín del fondo, bajo la gran hoja, las dos señoritas siguieron leyendo cada mañana mientras el sol ascendía con lentitud sobre las casas bien peinadas de la calle.
A veces, desde la cocina, Rebeca las veía en silencio y sonreía.
Nunca supo del todo qué había ocurrido.
Sospechó, eso sí, que había enfermedades para las que no bastaban los jarabes ni las pastillas. Y aunque jamás descubrió la mecánica exacta del intercambio de libros, empezó a dejar sobre la mesa del patio, muy cerca de la ventana, alguna novela terminada, como quien ofrece discretamente una complicidad.
No habló de eso con nadie.
No hacía falta.
A la mañana siguiente, sin falta, el libro ya no estaba.



