Hasta el primero de abril yo creía que vivía solo; Mati tardó quince minutos en demostrarme que aquello no era vida, sino falta de supervisión.
Mi madre llegó esa mañana con una maleta, una bolsa de medicinas, dos paquetes de galletas “por si acaso” y una perrita blanca, peluda, de orejas grises y ojos oscuros, que entró en mi casa sin pedir permiso. Las autoridades verdaderas no se detienen ante los trámites menores.
Yo había cambiado las sábanas, ordenado la cocina y dejado la casa en ese estado de pulcritud que uno confunde con paz. Mi madre ojeó alrededor con aprobación moderada, como quien visita un país extranjero donde no se come mal pero falta alegría. Mati no perdió tiempo en elogios. Inició la inspección.
Olió la entrada. Luego la pata de una silla. Luego una esquina del comedor que, hasta entonces, yo consideraba inocente. Revisó la alfombra, mis zapatos y, por último, mi persona. Me olió los tobillos con la concentración de un agente de aduanas que sospecha que uno trae escondida una salchicha en el alma.
—Ya te reconoció —dijo mi madre.
Mati levantó la cabeza y me miró. No era cariño: era nombramiento.
Desde ese instante quedó establecido el Gobierno Provisional de la casa. Mi madre conservaría el Ministerio del Dominó. Yo pasaría a ocupar el cargo de Encargado de Abrir Puertas, Servir Agua y No Desaparecer. Mati, por aclamación propia, asumió la Jefatura Suprema de Seguridad, Ruidos Sospechosos y Asuntos de Alfombra.
No hubo ceremonia. Las dictaduras eficientes evitan el papeleo.
Esa misma tarde ocurrió el Incidente del Espejo. Mati entró al cuarto, vio en la puerta del clóset a otra perrita blanca con cara de estar usurpando territorio, y se quedó inmóvil. Avanzó dos pasos, olió el aire, torció la cabeza y dio un ladrido administrativo. La intrusa respondió con idéntica insolencia. Mati inspeccionó detrás del espejo. No encontró cuerpo, comida ni documentos. Regresó al frente. La miró con desprecio y decidió vigilarla sin reconocerle derechos de residencia.
Durante los primeros días pensé que Mati me seguía porque estaba en una casa desconocida. Era una explicación razonable, y por eso mismo equivocada. Yo iba a la cocina y Mati iba a la cocina. Yo iba al baño y Mati aguardaba afuera con expresión de funcionaria preocupada por mi demora. Yo cruzaba a la sala y ella cruzaba detrás, no caminando, sino administrando el territorio.
Yo, hombre independiente, sano, divorciado y capaz de prepararme un huevo sin supervisión, descubrí que mis desplazamientos domésticos requerían escolta.
—Parece tu sombra —dijo mi madre.
—Las sombras no sueltan pelos —respondí.

Ya habían aparecido los primeros Documentos de Ocupación: pelos blancos sobre la alfombra, pelos blancos en el sofá, pelos blancos adheridos a mi pantalón con tenacidad notarial. Uno podía quitarlos con la mano, con cepillo, con cinta adhesiva o con oración, pero siempre quedaba alguno. Eran actas. Mati estaba dejando constancia.
Una tarde intenté leer. Me senté en silencio, sin moverme, libro abierto sobre las rodillas. A los tres minutos, Mati se acercó con cautela, como quien descubre un cadáver educado. Me olió un zapato. Luego la mano. Luego me empujó la rodilla con el hocico. Al no obtener reacción suficiente, jadeó junto a mí y puso una pata sobre mi pierna. Cerré el libro para tranquilizarla. Ella se echó satisfecha: el paciente volvía a presentar signos de vida.
Mi madre se reía. Se reía cuando Mati me esperaba en la puerta del baño. Se reía cuando me miraba comer con una compasión que casi me hacía culpable por no compartir el pollo. Se reía cuando yo intentaba explicarle a la perrita que en mi casa había normas.
—No le hables tanto —me decía mamá—. Te entiende lo suficiente para desobedecerte.
Mi madre tiene ochenta y siete años, pero juega dominó como si defendiera una frontera. No coloca las fichas: las declara. Las mira, calcula, espera, finge distracción y de pronto cae sobre la mesa con una pieza que parece haber estado escondida en el Tratado de Versalles. Antes de cerrar el juego, se quedaba quieta medio segundo; con la uña del pulgar alineaba la ficha contra la madera: tac. Yo he visto abogados con menos estrategia.
Por las tardes instalábamos el Campo de Batalla en el comedor. Mi madre se sentaba derecha, con los ojos encendidos. Yo barajaba. Mati se ubicaba debajo de la mesa o a un costado, según conviniera a sus intereses. A veces apoyaba la cabeza en el pie de mamá. A veces se echaba exactamente donde yo necesitaba mover la silla. En una ocasión bostezó mientras yo pensaba una jugada difícil.
—Hasta la perra sabe que vas a perder —dijo mi madre.
—La perra no sabe jugar dominó.
—Pero reconoce una desgracia.
Ganó esa tarde. Y la siguiente. Y otra más, aunque esa la discutimos porque dijo “paso” con una serenidad y después apareció con la ficha precisa para cerrarme el juego. Cuando protesté, Mati ladró una vez, breve, como martillo de juez. Se levantó la sesión.
La primera noche ocurrió a las dos y diecisiete. Lo sé porque vi el reloj con el corazón todavía golpeándome el pecho. Había sonado algo mínimo: una tubería, el edificio acomodando sus huesos, una idea vieja que cayó de una repisa. Mati se incorporó al pie de mi cama y soltó un ladrido monumental: la delicadeza de un avión a reacción entrando por la almohada.
Salté de la cama.
—¿Qué pasa?
Mati ladró otra vez.
Encendí la luz. Revisé el pasillo, la puerta, la sala. No había nadie. Ni ladrón, ni fantasma, ni cobrador, que son las tres visitas nocturnas que uno más teme. Regresé al cuarto. Mati estaba sentada, orgullosa, con la lengua afuera, como quien acaba de salvar una república.
—Falsa alarma —le dije.
Ella me observó con paciencia. Para Mati no había falsas alarmas. Había humanos ingratos.
La segunda noche ladró porque un vecino cerró una puerta. La tercera, porque llovía. La cuarta, porque dejó de llover. La quinta no supe por qué ladró, pero la vi tan convencida que revisé la casa con respeto. Sus avisos cambiaron de oficio. Al principio fueron interrupciones. Luego rituales. Después, aunque me costó aceptarlo, una forma absurda de compañía: alguien escuchaba conmigo la noche, aunque exagerara los informes.
Mi madre, desde su cuarto, preguntaba a veces:
—¿Fue Mati?
—No, mamá. Fue un simulacro nacional.
—Pues dale las gracias. Si entra alguien, ella lo asusta.
—También nos asusta a nosotros.
—Así todos participamos.
En la segunda semana llamó una vecina, enterada de la visita de mi madre por esos canales misteriosos de los edificios, superiores a cualquier red social. Preguntó con voz azucarada:
—¿Y cómo está la abuelita? ¿Se portó bien?
Mi madre estaba a mi lado, ordenando fichas con concentración militar. Le pasé el teléfono por respeto a la justicia inmediata.
—Aquí la abuelita —dijo ella—. Me porté bastante bien: le gané cinco partidas a mi hijo, me comí sus galletas y todavía no me han puesto una multa.
Hubo un silencio breve al otro lado. De esos donde una persona busca la salida y descubre que la puerta está detrás de ella.
—Ay, doña… qué ocurrencias.
—No son ocurrencias, hija. Son resultados.
Colgó satisfecha y asentó la doble seis sobre la mesa.
—Te toca.
Mati bostezó. Yo perdí.
Al día siguiente bajamos al vestíbulo. Un vecino se agachó ante Mati con una cortesía que jamás le había visto ejercer con seres humanos.
—Buenos días, señorita preciosa.
Mati aceptó el homenaje.
Luego el hombre miró a mi madre.
—¿Y cómo vamos hoy?
El singular quedó para Mati; el plural, para mi madre.
Mi madre sonrió.
—Yo voy en primera persona, gracias.
El vecino enderezó la espalda. Mati, que no entendía de gramática pero sí de jerarquías, sacudió la cola.
Ese mes mi casa se llenó de pequeños acontecimientos. La Ocupación de la Alfombra se consolidó el día en que Mati decidió que el tapete de la entrada no estaba para limpiarse los pies, sino para recibir audiencias. Allí se sentaba cada vez que yo salía a comprar pan, y allí me esperaba al regreso con expresión severa, como si hubiera tenido que gobernar sola durante mi ausencia.
También firmamos el Tratado de Paz con la Escoba, después de una crisis diplomática. Yo barría pelos. Mati atacaba la escoba. Yo pedía calma. Mati interpretaba la calma como debilidad. Mi madre miraba desde la silla.
—No la regañes, está ayudando.
—Mamá, está mordiendo la escoba.
—Cada quien ayuda como puede.
Había pelos debajo de las sillas, pelos flotando en un rayo de sol, pelos en una camisa negra que yo guardaba para ocasiones serias y que Mati convirtió en prenda festiva. Una tarde encontré un pelo blanco dentro de un libro cerrado. No pregunté cómo llegó ahí. Hay misterios que pierden prestigio cuando se investigan.
Yo seguía diciendo que todo aquello alteraba mi rutina. Era cierto. Antes desayunaba en silencio, leía en silencio, caminaba por el pasillo y dormía, cuando podía, en silencio. Después llegó Mati y hubo uñas sobre el piso, ladridos preventivos, jadeos, carreras repentinas sin objetivo comprensible, mi madre riendo en la sala, fichas golpeando la mesa, conversaciones que empezaban por una perrita y terminaban en un recuerdo de hacía cuarenta años.
Naturalmente, yo protestaba.
—Esta casa era muy tranquila —decía.
Mi madre me miraba con una piedad que no necesitaba bastón.
—Sí, hijo. Muy tranquila.
No añadía nada. Ciertas frases, si se dejan solas, trabajan mejor.
El miércoles de la última semana vino mi hermana por Mati. La perrita, que no llevaba calendario pero sí intuición de equipaje, empezó a caminar detrás de todos con ansiedad administrativa. Revisó la sala, el pasillo, mi cuarto. Me siguió a la cocina por última vez, aunque yo solo fui por un vaso de agua. Luego se dejó cargar, no sin dejar en mi pantalón una firma blanca, final y notarial.
—Se va a sentir raro sin ella —dijo mi hermana.
—Voy a dormir —respondí.
Mati me miró desde la puerta con la lengua afuera. No parecía triste. Parecía satisfecha. Había cumplido su mandato. La casa quedaba auditada, los humanos contados, los ruidos clasificados y la alfombra ocupada.
Cuando se fue, barrí. Barrí con método, con paciencia, con una concentración que en otro contexto habría servido para restaurar catedrales. Los pelos aparecían de todos modos. Debajo del sofá. En la esquina del pasillo. Junto a mi cama. Cartas breves: aquí estuve, aquí corrí, aquí vigilé a este hombre que insistía en creerse solo.

Esa noche no ladró nadie.
Dormí de un tirón. Me levanté descansado, ventaja indiscutible hasta que noté que el pasillo estaba demasiado bien portado.
Mi madre se quedó hasta el domingo. Sin Mati, la casa bajó el volumen, pero no del todo. Todavía estaba el dominó. Todavía estaba su manera de pedir café como quien concede una oportunidad. Todavía estaban sus historias, algunas repetidas, sí, pero repetidas como se repite una canción que uno no termina de aprender. El sábado me ganó dos partidas y en la tercera me dejó ganar con una torpeza tan evidente que se lo reclamé.
—No te dejé ganar —dijo.
—Mamá, pusiste la ficha equivocada.
—A mi edad una tiene derecho a cometer errores estratégicos.
—Eso no existe.
—Desde hoy, sí.
El domingo preparó su bolsa con lentitud práctica. No dramática. Mi madre no es mujer de despedidas teatrales. Revisó sus medicinas, guardó el dominó, me recordó que tenía comida en el refrigerador y me preguntó si pensaba cortarme el cabello algún día antes del juicio final.
—Estoy bien, mamá —le dije.
—Ya sé —respondió—. Por eso te lo recuerdo.
La acompañé hasta el carro. Nos abrazamos. Me dio un beso en la mejilla y me acomodó el cuello de la camisa, gesto que a los sesenta y siete años resulta innecesario, salvo porque hay cosas que no se hacen por necesidad sino por jurisdicción materna.
—No te encierres tanto —dijo.
—No me encierro.
—Claro que no. Las puertas se cierran solas.
Subió al auto. Sonrió. Se fue.
Volví a entrar. La casa estaba impecable, o casi. En la alfombra quedaban dos o tres pelos de Mati, resistentes como testigos protegidos. Sobre la mesa del comedor había una ficha de dominó que nadie había guardado: el tres blanco. La tomé en la mano y pensé en ponerla con las demás. Luego la dejé allí, por orden de alguna autoridad menor.
Esa noche no hubo ladridos. Ningún avión a reacción despegó desde el pie de mi cama. Ningún animal diminuto me obligó a revisar puertas inocentes. Nadie tosió en el cuarto de al lado. Nadie se rió en la sala. Nadie dijo “te toca” como si me estuviera entregando una sentencia.
Dormí mejor que en todo el mes.
Eso fue lo inquietante.



