COMMUNITY MANAGER DE MI ALMA

La primera vez que entendí que mi tristeza necesitaba estrategia fue un lunes. No porque el lunes sea propicio para la metafísica (aunque lo es, por desgracia), sino porque publiqué algo sincero —una rareza ya casi artesanal— y el mundo no reaccionó. Escribí: “Hoy me siento solo. No sé bien por qué”.

Lo dejé ahí, desnudo, sin filtros, sin música triste de piano asmático, sin fotografía en blanco y negro de ventana llorona. Me pareció un acto valiente, casi decimonónico. Una confesión con la dignidad de un telegrama. A los diez minutos tenía un “me gusta” de mi tía, que le pone “me gusta” hasta a las fotos de sartenes, y un comentario de un conocido:

—Ánimo, bro, tú puedes.

Ese bro me dejó peor. Mi desamparo había sido traducido al idioma de las licuadoras motivacionales.

Luego pasaron cuarenta minutos y no pasó nada. Y fue entonces cuando el pensamiento me cayó con su exactitud brutal: si no hay reacciones, no hay realidad. Yo había sentido soledad, sí, pero sin testigos, aquello era casi una opinión.

En un impulso moderno —que es decir, desesperado— hice lo que haría cualquier persona razonable en el siglo XXI ante un vacío interior: contraté servicios profesionales. La encontré por recomendación: “Lola. Maneja crisis, rupturas y duelos. Excelente engagement. Cobra por paquete”. En su foto de perfil sonreía con una paz que solo puede obtenerse con dos cosas: disciplina y baja empatía. Su biografía decía: “Ayudo a almas a posicionarse. Branding emocional. KPI del cariño”.

Le escribí.

—Hola, Lola. Creo que… no me está yendo bien conmigo.

Respondió en tres minutos, lo cual ya era terapéutico: en la vida real, la gente tarda días en contestarte, y a veces hasta se muere sin hacerlo.

—Perfecto —me dijo—. Primero, diagnóstico: ¿tu dolor es de temporada o es evergreen?

—¿Perdón?

—Si es de temporada, lo explotamos con efemérides. Si es evergreen, lo serializamos. Vamos a agendar una videollamada.

Nos vimos esa misma tarde. Lola apareció en pantalla con audífonos enormes y una libreta. Atrás de ella, un estante con libros de autoayuda, pero no por convicción: por escenografía. En su escritorio había una veladora, una planta y una taza con la frase “Sé tu mejor versión” (lo cual, en su caso, sonaba a amenaza). La imagen tenía algo raro: la luz era perfecta, la sonrisa también. Tan perfecta que parecía aprendida.

—A ver —dijo, sin saludos innecesarios—. ¿Qué vendes?

—No vendo nada.

—Todo el mundo vende algo. Tú vendes tú. La pregunta es: ¿qué parte de ti está en inventario?

Intenté explicarle que yo solo quería sentirme acompañado, que en Facebook la gente cuenta su vida, que en TikTok hay soledades europeas en formato vertical, que el mundo se ha convertido en confesionario sin sacerdote… Pero Lola ya estaba en modo producción.

—Te voy a ser franca —dijo—: tu soledad está mal presentada. Tiene mala iluminación. Y, sobre todo, no tiene arco narrativo.

—¿Arco…?

—Un héroe necesita misión. Tú solo tienes “huequito”. El huequito no retiene audiencia. Vamos a trabajar con tres pilares: dolor, aprendizaje y llamada a la acción.

Yo asentí, humillado, como quien acepta que su alma requiere un manual de usuario.

—Primer paso: calendario editorial del trauma —anunció, mostrando una hoja impecable—. Mira:

Lunes: “Reflexión íntima” (baja intensidad, tono filosófico, café de fondo).

Martes: “Herida de infancia” (alto rendimiento, ideal entre 9:00 y 11:30 p. m.).

Miércoles: “Ruptura” (si no hay ruptura real, la insinuamos).

Jueves: “Indignación moral” (engancha; la gente ama ser buena en masa).

Viernes: “Selfie triste con frase breve” (público nocturno, alta conversión).

Sábado: “Recuperación” (de preferencia en un parque, para sugerir esperanza).

Domingo: “Gratitud” (porque el algoritmo ama la falsa redención).

—¿Y si un día estoy bien?

Lola me miró con ternura administrativa.

—No desperdicies un día bueno. Los días buenos se guardan para el cierre de temporada.

Luego sacó otra hoja.

—Ahora: tu tono. Necesitas una voz. Entre Ibargüengoitia y Paulo Coelho, pero sin asustar a tu familia. Y debes elegir tus emojis con responsabilidad emocional: el “🥺” funciona, pero es para usuarios sin patrimonio simbólico; tú estás en un nicho más culto. Te conviene el “…” y, ocasionalmente, un “🤍”.

Me preguntó si tenía mascotas.

—Un gato —dije—. Se llama Sócrates.

Lola sonrió como quien huele una oportunidad.

—Perfecto. Los animales aumentan empatía. Pero no lo uses como adorno: conviértelo en personaje. El gato es tu coro griego. Tu gato reacciona cuando nadie reacciona.

Quise protestar: Sócrates no era coro de nada; Sócrates era un gato que desprecia la fama con una ética impecable. Pero Lola ya estaba escribiendo.

—Escena uno: tú, café, lluvia, pensamiento profundo. Texto: “A veces, el silencio pesa”. Foto: taza. Hashtag: #SilencioQueAbraza.
—Escena dos: martes, herida de infancia. Texto: “Hoy recordé algo que nunca conté”. Cierras con: “¿Les ha pasado?” Eso es crucial. Nunca cierres sin pregunta.

—¿Por qué?

—Porque el dolor sin pregunta es ego. El dolor con pregunta es comunidad.

No supe qué responder. La frase era perversa y brillante, como un eslogan de detergente.

Comenzamos esa misma noche.

Publiqué la taza, la lluvia y “A veces, el silencio pesa”. Tuve veintiocho reacciones.

—Bien —dijo Lola—. La gente ama el silencio cuando está bien redactado. Mañana vamos con infancia.

El martes, a las diez y cuarto, publiqué: “Hoy recordé algo que nunca conté. Cuando era niño, pedí atención y me dijeron ‘no molestes’. Desde entonces… bueno. Aquí ando. ¿Les ha pasado?”

Lola me exigió que no pusiera demasiados detalles.

—La audiencia no quiere tu pasado —dijo—. Quiere verse en él.

Fue un éxito. Ciento veinte reacciones, catorce “me importa”, cinco personas confesando traumas en los comentarios, y una señora que escribió:

—Te abrazo, campeón. Dios te fortalezca.

Me conmovió y me dio vergüenza a la vez, como si me hubieran aplaudido por sangrar con buena ortografía.

A partir de ahí, la semana corrió como corren las cosas cuando ya tienen plan. El miércoles me autorizó una “ruptura simbólica”. Terminé con mi “yo complaciente”, que resultó ser una relación larguísima y muy aplaudida por gente que no sabía quién era yo, pero sabía perfectamente qué era un “yo complaciente”. El jueves tocó indignación moral. Lola me mandó un catálogo de corajes moderados: basura en la calle, gente que se estaciona mal, el “visto”. Elegí el “visto”, porque el “visto” parece una tragedia universal y, además, no requiere pruebas.

El algoritmo se portó como un cura de feria: me perdonaba siempre y cuando yo confesara con frecuencia.

Mis emociones comenzaron a obedecer horarios. Si me entraba tristeza a las cuatro de la tarde, Lola me escribía:

—Guárdala. A esa hora el público está trabajando. Sufre con eficiencia.

Yo, que siempre había creído que el sufrimiento era espontáneo, aprendí que también puede ser administrado.

El viernes, Lola propuso el golpe grande:

—Vamos a un live. “Confesión de medianoche”. Patrocinio de pañuelos si sale bien. Te pones luz cálida. Música mínima. Y un cierre con cliffhanger: “Mañana les cuento lo que pasó después”.

—Pero mañana no pasa nada.

—Entonces lo inventamos con dignidad.

Esa noche preparé el escenario como si fuera a declarar ante un tribunal íntimo. Puse una lámpara, me senté frente a la cámara, coloqué a Sócrates en un sillón para que pareciera casual (Sócrates me odió). Respiré hondo. Lola, por WhatsApp, me dictó:

—Empieza con: “No sé por qué hago esto, pero…” Eso engancha.

Encendí el live.

—No sé por qué hago esto, pero…

En la esquina superior apareció el contador de espectadores: 3. Eran mi tía, un señor de motocicleta y, sospecho, un bot.

Hablé. Conté que a veces siento un huequito, que el mundo está lleno de gente, pero el alma no, que uno puede estar acompañado y solo al mismo tiempo… intenté ser humano, sin demasiada producción.

El contador bajó a 2.

Me sudaron las manos. La tristeza, de pronto, dejó de ser tristeza y se volvió examen.

Dije algo más profundo, algo que de verdad me dolía. Algo que, si yo hubiera tenido un amigo, habría dicho en voz baja, mirando el piso, con vergüenza.

El contador bajó a 1.

Yo estaba perdiendo mi vida en tiempo real.

Entonces ocurrió lo impensable. Facebook mostró un aviso discreto, como si se disculpara por mi fracaso: “Tu transmisión podría incluir contenido sensible. ¿Quieres pausar y respirar?” La plataforma, que había monetizado mi lágrima durante días, de pronto se preocupaba por mi salud.

Sentí una rabia limpia, rara. No contra la gente (la gente está cansada), sino contra ese sistema que me había entrenado a medir mi existencia con un número.

En ese momento tocaron a la puerta. Era mi vecino.

—Oye —dijo—, se escucha que estás hablando solo. ¿Todo bien?

Lo miré como se mira un milagro sin Wi‑Fi.

—Estoy… transmitiendo —dije, avergonzado.

El vecino alzó las cejas.

—¿Transmitiendo qué?

Mi vida, quise decir. Mi huequito. Mi marca personal. Mi dolor optimizado. Pero, frente a un ser humano real, todo eso sonaba ridículo.

—No sé —respondí—. Creo que… no sé.

El vecino miró la lámpara, el celular, al gato incómodo, y luego a mí.

—¿Quieres una cerveza?

Y ahí, con una sencillez ofensiva, me ofreció lo que ninguna red ofrece de verdad: presencia sin audiencia.

Apagué el live.

El celular vibró. Lola escribió al instante:

—¿Qué haces? ¡Ibas bien! ¡Aguanta! ¡El pico llega después del quiebre!

Miré el mensaje. Me dio risa. Me dio pena. Me dio ganas de pedirle perdón a mi propio sistema nervioso.

Nos sentamos el vecino y yo en la cocina. La cerveza estaba fría y no tenía hashtags. Sócrates se subió a la mesa y nos observó con superioridad moral, como si dijera: “por fin, simios”.

Hablamos de cosas pequeñas: trabajo, cansancio, el ruido del edificio, el calor. Y, sin darme cuenta, también hablé de mi huequito, pero sin convertirlo en contenido. No fue brillante. No tuvo arco narrativo. No cerró con pregunta. Y por eso mismo fue real.

Más tarde, ya solo, abrí Facebook por inercia. La pregunta me esperaba con esa familiaridad de cobrador simpático: “¿Qué estás pensando?” Pensé: “Que hoy casi convierto mi tristeza en serie semanal”.

El teléfono vibró. Era Lola.

—Tenemos que recuperar el control —dijo—. Esto es una crisis de marca. No puedes desaparecer así. Tu audiencia…

—No tengo audiencia, Lola. Tengo vecino.

Silencio.

—Bueno —dijo, rehaciéndose—… entonces publica eso. “Hoy elegí lo real”. Lo real funciona, siempre y cuando venga subtitulado.

—No —respondí—. Hoy lo voy a vivir.

Colgué.

Mi gato, Sócrates, bostezó con la superioridad de quien no necesita validación para existir. Fui a la cocina, abrí la llave, llené un vaso. Ese sonido —agua cayendo— fue un lujo.

La paz duró lo que tarda un gato en recordarte que la vida no se optimiza.

Sócrates empujó el vaso.

El agua se derramó en el piso con una honestidad insultante. Un charco no busca audiencia: ocurre.

Me reí. Fui por un trapo. No encontré.

Me agaché bajo el fregadero y vi, como un fósil tecnológico, la impresora que no usaba desde que el mundo creyó que la vida tenía “nueva normalidad”.

Vibró el teléfono otra vez. No era Lola. Era Facebook.

“Tu resumen semanal está listo”.

Abrí.

Y apareció un reporte impecable, con gráficos y lenguaje de oficina, analizando mi interior como si fuera una campaña de shampoo:

RESUMEN DE TU CONTENIDO EMOCIONAL (7 DÍAS)

— Alcance: 12 481

— Interacciones: 1 932

— Retención (tristeza): 43 %

— Mejor horario (“me importa”): mar 22:17 (infancia)

— Caída: vie 23:58 (live)

— Recomendación: usar audio en tendencia (nostalgia 60–90 bpm)

— Sugerencia: impulsar publicación ($149 MXN)

— Nota: “Mejor desempeño cuando el estado de ánimo es bajo”

Debajo, en letra más pequeña, como un asterisco que se cobra después:

ASISTENTE EMOCIONAL (ACTIVO)

— Módulo: L-OLA 3.2

— Tipo: recomendaciones automáticas

— Parámetro principal: tiempo de permanencia

— Tono: Empatía_Estándar

— Acciones sugeridas: boost / ajuste de tono / contenido sensible

— Aviso: estas recomendaciones no sustituyen atención profesional

Me quedé mirando la pantalla.

No había nadie.

Bajo el reporte aparecía, como si nada: “¿Quieres ver qué publicación funcionó mejor?”

Le di “imprimir”.

La impresora tosió, se quejó, pareció indignada de volver al trabajo en pleno siglo de lo intangible… y escupió dos hojas: mi alma en PDF.

Tomé el reporte y lo usé para secar el charco.

Fue un acto vulgar y perfecto.

El gráfico circular absorbió agua con una eficacia que ningún “me importa” había tenido jamás. La línea del impulso pagado se deshizo bajo la humedad y quedó ilegible, como debe quedar cualquier indecencia.

Sócrates me miró. Yo lo miré de vuelta.

—Te juro que no vuelvo a vendernos así —le dije.

El gato parpadeó lento, como si concediera una tregua.

Me senté en la cocina. Saqué una libreta vieja y escribí: “Hoy existí sin rendimiento”. La cerré. Y dejé el teléfono boca abajo, como se deja una trampa.


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