EL TINACO PATRIOTA

A las tres de la mañana, Mérida dejó de ser ciudad y volvió a ser comal.

Don Aurelio Chablé abrió los ojos en su hamaca. En la hamaca de al lado, Elvira dormía con el ceño fruncido, como si también en sueños estuviera haciendo cuentas. En el otro cuarto, los muchachos sudaban en silencio.

El ventilador de techo estaba inmóvil.

No había luz.

Aurelio tanteó la silla junto a la hamaca hasta encontrar el teléfono. Seis por ciento de batería. Lo encendió con cuidado.

Había un mensaje del grupo de la oficina:

Compañeros, favor de compartir la publicación sobre los avances históricos en bienestar, infraestructura y calidad de vida. Importante mostrar unidad.

Debajo venía la imagen: un amanecer rosado sobre Mérida, dos palmeras, cielo limpio y una frase firme:

Yucatán avanza con servicios dignos para todas y todos.

Aurelio miró el teléfono. Luego miró el ventilador. Desde el baño, la tubería contestó con aire.

Elvira habló sin abrir los ojos.

—¿Ya volvió la luz?

—No.

—Entonces no te muevas tanto.

Aurelio se quedó quieto.

La casa de los Chablé estaba en una colonia que antes quedaba cerca y ahora quedaba detrás de tres privadas nuevas, una avenida rota y un desarrollo con nombre en inglés donde prometían vivir entre árboles aunque el último árbol serio del rumbo hubiera desaparecido bajo una plancha de concreto. Tenía dos cuartos, un baño, patio de cemento, cuatro hamaqueros y un tinaco negro sobre el techo.

Esa madrugada, el tinaco sonó.

Tan.

Un golpe hueco, claro.

Elvira se incorporó.

—¿Oíste?

—El tinaco.

—¿Tiene agua?

Aurelio no contestó.

Del otro cuarto salió Mateo, quince años, tercero de secundaria, flaco, largo, el cabello aplastado por la hamaca.

—Papá, se murió el internet.

—No hay luz.

—Ya sé. Pero el celular también se está muriendo.

Detrás apareció Inés, primero de secundaria, despierta con una lucidez que a esa hora parecía falta de respeto.

—Tampoco hay agua. Abrí la llave y salió aire.

Elvira bajó de la hamaca.

—Nadie jala el baño. Nadie se baña. Nadie lava platos. Quedan dos garrafones y una cubeta.

Mateo levantó la mano.

—Hoy tenía educación física.

—Hoy todo es educación física —dijo Elvira.

Príncipe entró desde el patio moviendo la cola. Era un perro cruzado de corriente con milpero: noble, polvoso, agradecido y dispuesto a desobedecer por una tortilla. No entendía de tarifas ni comunicados. Entendía de calor, sed y basura abierta.

Elvira lo señaló.

—Y tú, lejos de la bolsa.

Príncipe bajó las orejas.

El teléfono vibró otra vez.

Recuerden: no caer en provocaciones. Difundir buenas noticias. Necesitamos comentarios personales, cercanos, positivos.

La batería bajó a cinco por ciento.

—¿Qué ves? —preguntó Elvira.

Aurelio le enseñó el mensaje.

Ella leyó en silencio.

—¿Vas a compartir eso?

—Es de la oficina.

—¿La oficina vive aquí?

Aurelio guardó el teléfono.

—No es tan sencillo.

—Lo sencillo es que no hay agua.

Elvira fue a la cocina. Abrió la llave. Nada. La cerró con cuidado, como si cerrar una llave seca pudiera servir de algo. Luego revisó los garrafones, la cubeta, los platos de la noche anterior, el traste de Príncipe. En esa casa, el agua no se usaba: se decidía.

Aurelio trabajaba en una dependencia donde la palabra “territorio” aparecía mucho en las reuniones. Su sueldo era pequeño, pero llegaba. Y llegar, algunos meses, bastaba para que un hombre aceptara cosas que no habría aceptado en voz alta.

Su padre, que fue cartero, le había dicho cuando entró al gobierno:

—Nomás no firmes lo que no puedas leer en tu casa.

Aurelio recordó esa frase y miró el teléfono.

—Voy a subir al techo —dijo.

—¿Para qué?

—A revisar el tinaco.

—Ya lo oímos.

—Quiero verlo.

Elvira le dio una lámpara de pilas.

—No te caigas. No tenemos agua para lavarte ni dinero para componerte.

Aurelio salió al patio y subió por la escalera metálica. La madrugada no refrescaba. Desde el techo vio la colonia: puertas abiertas, velas, gente sentada en banquetas, ventanas oscuras. Más allá, donde antes había monte, brillaban las luces de una privada nueva.

Golpeó el tinaco.

Tan.

Vacío.

—¿Y? —gritó Elvira desde abajo.

—Vacío.

En la calle, el vecino de enfrente salió con una cubeta.

—¿Tú tampoco tienes?

—Nada.

—Dicen que es falla transitoria.

Aurelio miró los cables negros contra el cielo.

—Eso dicen.

El vecino levantó la cubeta.

—Voy a la esquina. Allá salió un chorrito.

Se fue caminando con cuidado, como si llevara algo dentro.

Cuando Aurelio bajó, Príncipe tenía la cabeza metida en la basura.

—¡Príncipe!

El perro sacó el hocico con una cáscara de mango pegada a la nariz. Mateo soltó una risa breve. Inés se la quitó.

—También él está buscando —dijo.

Elvira repartió agua al amanecer. Medio vaso para cada uno. Un poco para Príncipe. Nada para las plantas.

—Ellas aguantan —dijo.

Mateo bebió rápido.

—Me dio más sed.

—Por eso se toma despacio.

—Tengo hambre.

—Eso sí no falta —dijo Elvira—. Hambre hay bastante.

A las seis y media llegó el aviso de la secundaria: se suspendían las clases por falta de agua en los baños. Mateo preguntó si eso también suspendía la tarea. Nadie le contestó.

Pusieron en la mesa tortillas tiesas y frijol de la noche anterior. El refrigerador, apagado, guardaba un silencio malo. Elvira lo abrió un segundo, olió, cerró.

—Todavía sirve.

Nadie preguntó qué cosa.

Del trabajo de Aurelio llegó otro mensaje: no era necesario presentarse hasta nuevo aviso, pero todo el personal debía mantenerse atento y activo en medios digitales.

No necesitaban su cuerpo en la oficina. Necesitaban su cuenta.

Aurelio se sentó con el teléfono frente a él. La publicación seguía ahí: amanecer limpio, letras limpias, ciudad limpia.

Mateo se acercó.

—Pon que estamos bien, pero sin exagerar.

—No voy a poner nada.

Inés miró la pantalla.

—Dice “servicios dignos”.

—Sí.

—¿Dignos de quién?

El teléfono vibró. Era el jefe.

Aurelio salió al patio para contestar.

—Chablé, ¿ya compartiste?

—Todavía no, licenciado. Estamos sin luz.

—Sí, hay algunos detalles. Precisamente por eso necesitamos mover el mensaje.

—También estamos sin agua.

Hubo una pausa corta.

—Bueno, eso te da perspectiva ciudadana. Escribe algo humano. Algo de familia, de confianza. Tú tienes buena redacción.

Aurelio miró hacia el tinaco.

—Sí, licenciado.

—Positivo, Chablé. No nos ayudes a hacer ruido.

La llamada terminó.

Elvira estaba en la puerta.

—¿Qué quería?

—Que comparta.

—¿Y?

—Con comentario.

—¿Comentario de quién?

Aurelio no respondió.

—Porque si vas a hablar por esta casa, primero pregunta si esta casa está de acuerdo.

No lo dijo enojada. Lo dijo cansada. Eso fue peor.

A media mañana, la colonia empezó a organizarse. En los grupos de vecinos decían que en la calle dieciocho había presión; que en la veinte volvió la luz cinco minutos y quemó una televisión; que en la veintidós juntaban firmas; que una señora quería cerrar la avenida; que otro decía que no había que politizar.

Elvira lavó una cuchara con tres gotas.

—Hasta para lavar esto hay que pensar.

Mateo regresó de la esquina con la cara roja.

—Van a bloquear.

—¿Quiénes?

—Los que ya no quieren esperar.

Inés se asomó por la ventana.

—Doña Licha trae cartulina.

—¿Qué dice?

—“Queremos agua”.

—Eso queremos todos —dijo Elvira.

Aurelio no salió. Tampoco compartió. El teléfono tenía cuatro por ciento.

Al mediodía, el calor se quedó dentro de la casa. No entraba ni salía. Solo estaba. Príncipe se echó debajo de la mesa y puso el hocico entre las patas. La bandeja de agua quedó seca.

—Dale tantito —dijo Inés.

Elvira miró la cubeta.

—Tantito.

Sirvió un fondo. Príncipe bebió sin levantar la cabeza.

Afuera tronó un transformador. Después vino un silencio grande. Luego ladraron los perros de la colonia. Príncipe levantó la cabeza y ladró una vez, por cumplir.

A las dos de la tarde, el teléfono de Aurelio estaba en uno por ciento. Lo conectó a una batería portátil que apenas guardaba carga. La pantalla encendió.

Escribió:

Mi familia y yo reconocemos los avances que transforman nuestra vida diaria.

Lo leyó.

Borró.

Escribió:

Sabemos que las mejoras toman tiempo. Confiamos en que Mérida seguirá avanzando.

Volvió a leer.

Inés apareció detrás.

—¿Vas a poner “mi familia”?

Aurelio apagó la pantalla.

—Es una forma de decir.

—Pero nosotros somos la forma.

Mateo entró con su plato vacío.

—¿Ya volvió el internet?

—No.

—Entonces todavía no avanzamos.

Elvira no habló. Tenía la cubeta en la mano.

Entonces volvió la luz.

Parpadeó una vez, dos veces. El ventilador dio media vuelta, se detuvo y empezó a girar. El refrigerador encendió con un ruido viejo. En la calle hubo gritos, aplausos, una moto, niños corriendo.

Mateo conectó su celular.

Inés corrió al baño.

—¡No abras la llave! —gritó Elvira.

Pero ya era tarde.

La llave soltó aire, dos golpes secos, un escupitajo café y nada más.

El tinaco seguía vacío.

La casa tenía luz. No tenía agua.

El teléfono de Aurelio, enchufado, subió a dos por ciento. Luego a tres. Entró otro mensaje del jefe:

Faltas tú, Chablé. Con comentario personal, por favor.

Aurelio abrió la publicación.

El amanecer rosado llenó la pantalla. La frase seguía ahí. Servicios dignos. Todas y todos.

Escribió despacio:

Mi familia y yo sabemos que avanzar exige paciencia. Confiamos en que los servicios seguirán mejorando para todas y todos.

Se quedó mirando las palabras.

Pensó en su padre.

No leyó la frase en voz alta.

Pulsó “publicar”.

El teléfono vibró.

Enviado.

Nadie habló.

Al poco rato, el jefe reaccionó con un pulgar arriba.

Luego llegaron dos corazones institucionales.

Una compañera comentó:

Excelente testimonio, compañero.

Aurelio dejó el teléfono boca abajo.

Elvira tomó la cubeta.

—Bueno —dijo—. Ya progresamos.

Aurelio la miró.

—¿Sí?

—Antes no teníamos agua ni luz. Ahora no tenemos agua con ventilador.

Mateo se rio apenas. Inés no.

Príncipe volvió a lamer su bandeja. El sonido fue pequeño y metálico.

Aurelio salió al patio y subió otra vez al techo. No llevó la lámpara. Ya no hacía falta. El sol caía sobre las casas viejas, sobre las bardas nuevas, sobre los cables, sobre las cubetas que iban y venían por la calle.

Apoyó la mano en el tinaco.

Ardía.

No lo golpeó. Sabía lo que iba a contestar.

Abajo, en algún teléfono, su publicación empezaba a circular. Limpia. Optimista. Familiar.

El tinaco permanecía en su sitio, alto, negro, correcto.

Nadie podía acusarlo de no estar alineado.

No tenía una gota que dar.

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